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domingo, marzo 16, 2008,12:00 AM
Leyendo los inocentes para terminar el día y comenzar el año

Regreso a casa luego de un día de contrastes, trabajar como poseso en la mañana. unos pocos amigos y uno de los almuerzos más divertidos de los que recuerde, sólo me queda agredecer a Carla, Ericka, Carmen y Alejandro por soportar mis neuras y alegrarme el día -dejarme escoger el vino por supuesto-; y en el último tramo descubriendo gracias a Barbara y sus ganas de saber cada vez más cosas, un libro de Giddens del que nunca había escuchado y oh sorpresa, tiene más de cuatro ediciones y alfuien muy amable me explico que era algo así como un clásico de imprescindible lectura; y ahora en casa, antes de irme a dormir, rebusco algunos de los primeros libros sobre los que funde mi biblioteca; y me quedo releyendo este, en la primera edición que compre de Reynoso -y a la que más cariño le tengo- con ella descubrí, una de las prosas en nuestra tradición literaria más rica en sonoridades, y que a pesar de los años, esta edición es del 61 (y estuvo a cargo de Javier Sologuren nada menos) no envejece ni en su contexto, ni en la fuerza expresiva que posee para contar sus historias...así recibo un nuevo año, sonriendole a las cosas malas, con esperanza de cometer menos errores, con ganas de leer más...







"Gorrito encarnado. Cabello negro alborotado en la frente. Ojos niños y tristes. Cigarrillo que se cae, que se cae de la boca. Casaca roja y pantalón negro: el Rosquita. Y el rosquita es todo un muchacho. Y no es porque yo lo diga. Pero, de verdad, no puede disimular su edad: dieciséis años, pese a que él sueña con ser adulto, ahorita mismo. Urgentemente."


Oswaldo Reynoso, El Rosquita (Los inocentes)

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